Máscaras
Caminaba distraída, hipnotizada por todos esos escaparates que iluminan la calle al grito de pasen y vean, mecida por el ambiente enigmático de las calles empedradas, cuando cae la noche y la bruma tiñe la ciudad de esa atmósfera mágica que aletarga los colores.
De repente, en bicicleta, un niño de antes de la guerra me sonreía divertido bajo un enorme pelo a lo afro. Un poco más adelante, un militar con aires de bufón se jactaba de su enorme pico de loro, mientras una bruja asustadiza, temblaba de miedo cada vez que cruzaba la mirada con algún viandante.
A mi derecha, como sacado de una película de los años 40, un improvisado Frank Sinatra cantaba bajo la lluvia invisible, paraguas en mano y gabardina al viento, alentado por la congregación de curiosos que se había formado a su alrededor.
Esta improvisada reunión de absurdos me daba qué pensar. Es interesante que la palabra "persona" que nos denomina como especie, tenga su origen en el nombre de aquellas máscaras teatrales que ayudaban al público griego y romano a averiguar el carácter de los personajes que representaban las comedias o tragedias en los anfiteatros de la época.
Hoy en día, traicionamos esa máscara que mostraba sin dobleces al respetable, el carácter único del personaje, para exhibir una mirada de serie, la asepsia de un gesto inexpresivo y neutro, que no diga más ni menos que el del vecino/a.
Tanto es así, que hemos tenido que oficializar una fecha en el calendario, para sacar a pasear nuestros instintos, nuestras frustraciones, nuestros sueños. Puede que 364 días con la máscara puesta, sean demasiados para el ser humano 1.0.
Absorta en esto último, vuelvo a la tierra de repente y me encuentro rodeada de una tribu de bailarinas barbudas de género dudoso, que me hacen caer en la cuenta, de que la única que lleva el disfraz puesto en esos momentos, soy yo.



